Un fantasma en mi salón

(Aprox. 1600 palabras)

Era plena primavera de mayo y me había asomado a la ventana que hay detrás del sillón de mi pequeño salón para escuchar mejor el canto del ruiseñor. No puedo describir el placer que me producía ese gemido, ese piii, piii, ese iii, iii, ese tenue piar que se prolonga, como la melodía de un violín cuyas notas más agudas apenas se perciben.

—Hace fresco —oí una voz a mis espaldas.

Me di la vuelta. La voz había escalado por encima del respaldo del sillón. Obviamente, di un respingo, como siempre que no espero que haya alguien a mi lado cuando sé que estoy sola en casa.

No sé qué valor nos arma cuando sabemos que lo que nos aguarda es algo que no encaja en la escena, y a pesar de ello, miramos. Es como cuando de pequeña empujaba la cortina del baño para saber su había algo detrás, toda vez que me había empapado de la escena de una Janet Leigh muriendo en su ducha a cuchillazos.

La cuestión es que rodeé el sillón para ver qué era lo que me había hablado. «Dios mío, es él«, es lo primero que pensé y creo que lo dije en alto porque aquello que era él me respondió:

—Sí, soy yo, si es que soy el que crees que soy. Y hace fresco.

Me retiré hasta la pared donde había, y todavía hay, una estantería de libros. Por poco no me clavé una balda en la cabeza del impulso que tomé en retroceso cuando lo vi.

iiiiiii —gemía el ruiseñor, y realizó un último y rápido gorgorito de satisfacción, al parecer, por lo sucedido.

—¿Qué haces aquí? —apenas pude pronunciar cuando me recuperé del asombro de aquella visión, mientras el hombre que estaba en el sillón se colocaba las gafas de montura redonda correctamente sobre el puente de la nariz.

—No sé. Dímelo tú, que me conjuraste ayer noche para no verme más, para no saber más de mí.

Es cierto; me había propuesto no saber más de él. Era el señor Páginas, como yo le había llamado la pasada noche al tiempo que cogía su enorme y pesado libro de la estantería y me lanzaba a arrancar sus páginas hasta dejarlo como una flor desastrada. Sí, así fue, tal como lo cuento. Aquel había sido mi último intento de leer su obra, toda una acumulación de páginas que acabaron por quebrar mi voluntad. Tal era la rabia que me dispuse a descuartizarlo. A continuación, creo, logré conciliar el sueño sin remordimientos y bastante aliviada.

—Por supuesto que lo hice y no quiero saber más de ti.

El ruiseñor trinaba con felicidad.

—Pero si ni siquiera me has leído tres páginas en toda tu vida. No hacías más que repetir la primera escena.

—He leído unas cuantas más, pero no lo aguanto más. No puedo seguir obligándome a leer cosas que no disfruto.

—¡Qué tontería! ¿Te sientes obligada?

—Pues claro, me siento obligada porque las autoridades en la materia obligan.

—¿Pero de qué autoridades hablas, y de qué materia?

—Hablo de escribir, y hablo de ti y de todos los que pensáis que el que no arriesga a romper formas no llegará a ninguna parte. Desde luego, te hartaste de romper formas.

—Acabáramos. Conque te gusta escribir…

—Bueno, más o menos.

—Y hablas de trascender…

—Sí, de llegar a alguna parte.

El ruiseñor dejó de oírse, o yo dejé de oírlo. En ese momento vi cómo el señor Páginas retiraba una taza de la mesa de centro que tenía delante, mi mesa de centro. Se llevó la taza a la boca por debajo del breve bigotillo y sorbió con gran fruición dejando exhalar un ¡ah! a continuación.

—Pero bueno, ¿de dónde sale este té? —preguntó—. No está nada mal.

—No sé. Yo no…

—Es igual, tranquila. Recuerda que esta es una visión y que yo no estoy aquí. Mi aparición tiene que ver con tu reticencia. Cuanto más reticente te sientas, más me apoltronaré en este sillón que no me incomoda para nada. Todo tiene que ver con haberme conjurado.

—¿Cuándo he hecho tal cosa?

—Aunque te resulte difícil creerlo, sucedió cuando intentabas librarte de mí.

Aturdida me senté en el suelo con la espalda apoyada en la estantería. Entonces me di cuenta de que tenía su libro desbaratado en una de mis manos.

—Yo te leí hace mucho tiempo y me gustó. Era otro libro desde luego, más breve también. Me pareció que lo disfrutaba, pero vete tú a saber. Lo cierto es que no me importó leerte. ¿Por qué ahora no puedo? ¿Por qué siento que debo rechazar este manojo de páginas desencolado?

—No sé. ¿Quizá estés enfadada con el mundo?

iiiii, piii, piii —volvía a gemir el ruiseñor.

El Señor Páginas bebía el té a sorbitos y miraba al frente. Tuve la sensación de que a veces se hacía transparente.

—¿Sabes? —dijo en un momento en el que se volvía más opaco— Si rompes un libro no rompes un escrito. Lo sabes, ¿no?

Asentí. «No es el libro, no es el volumen», me dije.

—¿Cómo? —preguntó.

—Sí; que lo sé. Pero yo siento que si rompo el libro, la cosa en sí, que si me deshago del volumen, de sus páginas, entonces desaparece la ansiedad, la angustia.

—¿La ansiedad, la angustia? O sea que es como si te hicieras daño a propósito para luego sentir alivio. Uf, esto roza el trastorno alimenticio…

—No creo…

—Sí —continuó mientras dejaba la taza en la mesa, aparentemente ya vacía. Después se acomodó en el sillón, cogió una pipa de uno de los bolsillos de su chaqueta y se dispuso a prepararla para fumar.

—¡No fumes aquí, por favor!

—¿No te gusta el olor de la pipa?

Menuda cosa, preocuparme porque fumara. Ni siquiera tenía la certeza de que estuviera ocurriendo hasta que su aroma me llegó a la nariz al cabo de segundos de que viera al Señor Páginas encenderla con una cerilla que arrojó en el interior de la taza. Ese olor, como de extraño incienso quemándose o de madera de vid que ardiera en mi recuerdo.

—Así que sí, como te decía antes —dijo, e interrumpió mi ensueño entre sarmientos.

—¿Sí, qué?

—Sí. Que te haces con mi libro, con mi publicación una y otra vez, lo cual haces con otras tantas también, y luego, en un arrebato de furia, lo rompes, te deshaces de ello para sentir un inmenso alivio. Así que son dos arrebatos, en realidad, el de hacerte con la publicación y el de deshacerte de ella, y ya después llega el alivio. ¿Sabes? Si es así, corres el riesgo de repetirlo.

«Menudo imbécil», murmuré.

El ruiseñor se había alejado un poco, casi no podía distinguir su canto entre tanta urraca que había hecho acto de presencia en el jardín en ese momento.

Se me antojó entonces, en mi deseo de responderle sin tener que usar las palabras, pues no las hallaba en la cabeza, que su bigote se le removía por encima de la pipa que acababa de apresar con los labios. Era como una caricatura de sí mismo. Sonreía y con su sonrisa yo sentía que no encontraba modo de replicarle. Lo cierto es que no dejaba de ser un fantasma cuya presencia se perdía a medida que daba bocanadas a la pipa. Aparecía y se desvanecía, aparecía y se desvanecía.

Las urracas dejaron de alborotar para entablar una trivial conversación por lo bajini. Me levanté del suelo para acercarme a la ventana. No sé qué me impulsó a abandonar tan extraño e improbable diálogo e incluso a arrimarme al sillón donde seguía sentado mi personaje, pero es que yo en ese momento lo que más deseaba era volver a escuchar con nitidez el gemido sutil del ruiseñor que se había alejado. De modo que ignorando a mi espectro, me asomé por la ventana, detrás del sillón, al jardín, y regresé a la contemplación de multitud de ramas entrelazadas que le servían de hogar para mi pequeño cantor.

Hacía fresco, sí, como observó hacía unos minutos el señor Páginas, y comenzó a correr una brisa tan estremecedora como el hecho de avistar un fantasma que estaba sentado en el sillón de mi salón. La brisa que traía un aroma del final de primavera. el césped del jardín recién cortado y algún incómodo lugar de abono más allá en la dehesa donde pastaban algunas ovejas y cabras de pequeños propietarios. También el aroma de una pipa que probablemente solo fuera una ilusión. ¿Estaría, por algún loco azar, en la mismísima Irlanda?

—Yo no sé por qué no puedo leer tu libro, Mr Pages; de verdad que no lo sé —dije por encima del mi hombro. El humo seguía trepando por el respaldo del sillón—. Quizá un día me lo cuente a mí misma, o quizá, si hablara de usted con alguien, encuentre la razón.

Piii, piii, iiiii, iiiii

Qué alegría al sentir que mi ruiseñor había vuelto. De pronto los trinos de los gorriones y mirlos quedaron eclipsados por un intenso gemido que se prolongó más de lo que habría esperado. Las urracas seguían murmurando por lo bajo. El cielo empezó a bañarse de un azul cerúleo intenso, como solo podía ver en los dibujos animados.

—Escucha, señor Pages. Escuche ese piar. Es más que todas las palabras escritas de tu libro y de todos los que se han escrito. ¡Qué me importa a mí lo que me ocurre con tu libro o el del que sea!

Y diciendo esto, me di la vuelta hacia el sillón. Regresé a la estantería para buscar otros tomos, volúmenes que deseaba destrozar, deshojar, despaginar, despojar de sentido. Me di la vuelta sin haber elegido todavía ninguno que prologara mi deseo rabioso para soltar una última palabra, pero entonces vi que en el sillón ya no quedaba nada, o apenas nada. En su lugar tan solo quedaban volutas de humo blanco suspendidas en el espacio, envueltas con toda seguridad, porque mi nariz no me engañaba, en el aroma de una pipa finalmente desvanecida.

©Olga (Peregrina) — 14 de junio de 2023 (Revisado julio 2024)

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