La encontré en el suelo

La encontré en el suelo, con los pétalos desgastados. Al tacto parece que fuera de mentira, pero es real.

En esos días en el que ocupaba el tiempo con el dibujo o con la pintura (nunca podré dar con una palabra que englobe a estas dos actividades), el color de esta flor que me he encontrado esta mañana en el suelo me tenía, por decir así, obsesionada. Es un rojo intenso, rojo sangre, rojo que tiene su justa medida de amarillo y su puntito de azul, ¿quizá? La verdad es que no lo sé. Pero este rojo, así como el naranja, o el azul profundo, o el azul liviano, o el amarillo brillante… Sí, cualquier color. Y no le pongo los colores técnicos, porque son solo eso, técnica, y yo, en este momento y en todos los demás, me estoy refiriendo a la percepción del color y lo que provoca en el ánimo solo mirarlo. Lo que decía, que este rojo me atrapaba por su tonalidad intensa.

Pues nada, cogí la flor y me la llevé a casa. Le saqué esta fotografía y la subí al blog.

Este acto tan tonto que hacemos casi todos, me resulta ahora tan bueno como la intención de un escrito o un dibujo, o lo que sea. Porque para mí, este momento es el que ha marcado el ritmo de mi mañana y de mi día. También determina un punto en el tiempo. Representa un paso hacia delante a partir de lo que hice ayer. Y es que ayer concluí una etapa de mi largamente arrastrada crisis creativa. Primero fue el dibujo, después llegó la escritura.

Confesiones:

Puedo dibujar y no hacerlo del todo mal si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Puedo escribir narraciones más o menos largas y no hacerlo del todo mal si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Puedo volver a estudiar, y sacar un título o dos más, si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Razones:

No quiero hacer nada de eso porque nada de eso me hace feliz.

Y ahora vamos a ver, ¿qué me hace feliz? O bueno, no voy a ser tan ambiciosa y mejor me pregunto ¿qué no me hace infeliz? Respuesta sencilla: hacer esto que estoy haciendo, leer lo que me apetece, lidiar con las cosas de la vida con el ritmo que me permita mi cuerpo y mi cabeza (esto ya lo marca la prioridad). Compartir el espacio con otros que desarrollan sus blogs. Jugar más. Por lo demás, se trata de no seguir planteándome nada que no me aporte serenidad de ánimo.

Curioso esto del juego, ¿verdad? Pero a esto del juego le dedicaré una entrada a parte.

En cuanto a lo de escribir, pues sí que seguiré escribiendo, pero me he dado cuenta de una cosa, y creo que la entrada de La presencia que vive en el piso de arriba, me ayudó a observarlo de frente, y es que no me gusta acabar los relatos; no siento necesidad de terminar los relatos. Sé que muchos dirán que es una excusa tonta para no afrontar el trabajo de escribir, y eso me preocupó en su momento, cuando pensaba que yo quería escribir para llegar a hacer algo de verdadero valor y para no sé qué más, pero ahora sé que era un error. El error era creer que quería concluir un relato, una narración. No siento la necesidad de concluir. A mí se me ocurren las cosas, pero no sé cómo terminan y no me importa.

Después de publicar en el blog el relato de La presencia que vive en el piso de arriba, me dije ¿por qué no sigues, por qué lo dejas ahí? Y la respuesta que me di fue que no me interesaba, que quizá fuera parte de una serie de anécdotas que iría contando en lo sucesivo, porque la verdad era que la historia no acababa ahí, pero no sabía cómo acabaría tampoco. Eso lo diría el tiempo. Y entonces eché la vista atrás y pensé en los relatos que todavía conservo y me di cuenta de que tienen algo en común y esto es que ninguno de esos relatos acaban, ninguno tiene fin.

Así que esto que he comentado antes me hizo reflexionar, y me dejó muy tranquila. Acto seguido hice lo siguiente: empecé a organizar el blog. Subí los pocos escritos que conservo y los guardé en diferentes páginas según su naturaleza. Los relatos en una página que he llamado del mismo modo «Relatos»; los textos breves y poéticos en una página que he llamado «Meditaciones»; otros relatos muy muy breves en una página que he llamado «Leyendas» (porque me lo parecen); una página para un cuento infantil ilustrado que publiqué hace mucho tiempo («Little Galileo«); hay una página más en la que he subido el comienzo de una narración más extensa («Crónicas de un albergue«) que dudo que vaya a tener continuidad, pero por si acaso la dejo ahí. Imagino que crearé alguna página más en un futuro para subir mis pasados dibujos, pero como los tengo muy guardados, me da pereza de momento. De todo esto que he comentado, los contenidos que he subido a las distintas páginas que he creado son muy pocos, porque son en realidad los únicos que conservaba en el ordenador, mis favoritos.

Y ya está. Puedo decir que es una etapa muy diferente. Aquí sí puedo decir que he concluido un relato, el de mi crisis creativa de años y años. Ahora puedo dedicarme a lanzar escritos inconclusos, palabras que me dicen algo, fotografías despistadas de mi entorno, observaciones triviales, o simplemente estar por aquí leyendo. Y que sepas que si apenas comento en vuestras entradas, no es porque no lo haya leído o no me interese, sino porque las más de las veces me parece que digo tonterías. Esta soy yo, toda entera.

Gracias por leer🍂

6 comentarios en “La encontré en el suelo

  1. Y a ti por escribir ;))) Es curioso de un tiempo a esta parte, ago de mí se ve en ti. ¿Y porqué van a ser tonterías? ¡Ay! además, querida, hoy en día, lo productivo, lo perfecto en apariencia, se lo podemos dejar a la IA, nosotras, el tiempo que nos queda lo podemos dedicar a vivir 😘😘😘

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