Garabatear es un juego

Hablaba de los bloques de madera, de las barajas de cartas, de los cuentos de siempre, pero hoy prefiero dar espacio al garabateo.

El garabateo es un juego. En el momento en el que se convierte en una obligación o en un esfuerzo por ocupar un espacio en la vida, deja de ser juego. Yo lo siento así. Y es que esto lo estoy escribiendo desde mi experiencia.

Nunca he sentido que nací con un lápiz en la mano, ni tampoco con una voluntad férrea de construir un mundo de escenarios visuales o escritos. Eso solo lo imaginé más tarde. De pequeña, que yo recuerde, jugaba o pasaba el tiempo o mataba el tiempo. Si me aburría se me ocurría una forma de atravesar el desierto de las horas muertas. Una de esas formas era hacer esas cosas que se hacían en las ocasiones en las que la imaginación ayudaba: una felicitación para un cumpleaños, una invitación para una celebración, un calendario de adviento… esas cosas varias. Y entonces me esmeraba en hacer algo que pudiera hacer con mis manos y mi cabeza. Cierto es que a veces me frustraba ver que las figuras no me salían del todo como desearía. Tenía a las ilustraciones de mis cuentos de siempre como un referente.

Pero tampoco me descorazonaba —o eso creo, a saber—, hacía mis atajos y remiendos, o bien usaba otros recursos. No era solo dibujar; muchas veces era continuar desarrollando algo que acabara de aprender en las clases de manualidades, que entonces se llamaban «pretecnología». Por cierto que hasta ahora no caía en lo que significaba, en la morfología y significado del término. A mí me parece que era todo artesanía, pero bueno. Y lo que iba diciendo, que no era solo dibujar, podía haber aprendido un poco de trabajar con el estaño y me liaba con ello en casa, o bien sacar el azogue de un espejo para encajar una estampa o imagen, o bien formar figuras con masa de pan, de arcilla blanca, o tallar en arcilla blanca también, hacer flores con papel pinocho. No digo que se me dieran bien todas estas cosas, no, desde luego que no. Únicamente que echaba mano de ellas para hacer cosas decorativas.

Pero volviendo a lo de dibujar, otra ocasión para hacerlo, para experimentarlo o iniciarse en ello, eran esas famosas tareas del colegio que consistían en copiar una imagen del libro de estudios. También podía improvisar dibujos para los trabajos, en lugar de usar fotografías recortadas, y en ese caso copiaba de lo que veía en nuestras fantásticas y ya obsoletas enciclopedias. Ahí, en ese momento, comprendí que no se me daba mal copiar una imagen. Me dio cierto gusto. Me sentía, creo, orgullosa del resultado.

Al margen de todo esto, insisto que no he sentido ninguna de esas cosas que se suelen decir para expresar que la vocación le llega a una de lejos: que nací con un lápiz en la mano, o con una libreta para escribir en la mano, o con el deseo de leer y todo eso. Creo que estaba en primero de primaría cuando escuché por primera vez esa pregunta de «¿qué quieres ser de mayor?». Recuerdo vagamente que tuve que inventarme algo porque no tenía ni idea. Por favor, ni siquiera ser qué quiero ser todavía. Lo que sí tengo claro, insisto, es que no nací con un lápiz en la mano ni con una libreta para escribir en la mano, ni el resto de las cosas que se presuponen para seguir una determinada llamada vocacional. Simplemente lo usé como juego. Era totalmente consciente de mis limitaciones, pero es que cuando era pequeña tampoco sentí que debiera tener una ambición por algo que hacía por entretenerme o por embellecer una ocasión. Solo cuando en algún momento del camino eso cambió —esa inoportuna toma de conciencia que llegó por el motivo que fuera —, perdí la oportunidad de seguir cultivando una faceta como tal, como juego al menos.

Me consta que hay muchas personas que en eso no han fracasado.

Pero… no hay que darse por vencidos. Estos últimos tiempos, semanas, en las que el juego se ha vuelto a imponer como una forma de abrazar la vida —y no me refiero a tomarse la vida a broma—, o como un espejo en el que mirarme, no he podido remediarlo, el dibujo regresó para llamar a la puerta. Esta vez, sin embargo, ha llegado para imponer sus propias normas. Me dijo: «o me tomas por lo que soy o me largo, me voy del todo; te lo digo en serio».

Me lo pensé un rato largo y esto es lo que ha estado sucediendo, entre mazos de tarot, recuerdos de infancia, cuentos de siempre, etc.

El balanceo de las hojas, ese apartado del blog en el que dejé que aparcada una trayectoria quebrada de intenciones ha resurgido, o resucitado —debe de ser la proximidad de Halloween—, de la mejor manera, en mi opinión, que es la que vale para seguir jugando. Si no disfruto —incluso si me parece una tontería o me frustro un pelín— lo dejo. De lo contrario, él me deja a mí.


Estas son unas pocas muestras de mi profunda regresión a la infancia. No me digáis que no, pero oye, yo lo llamo garabateo y esto es lo que hay cuando se aligera el peso, cuando los pensamientos se hacen ingrávidos para dar paso a lo espontaneo. Garabatear puede ser un juego.


A este dibujo de abajo lo llamé algo así como «Iban a ser cinco, pero a uno lo desplumó el vuelo».

8 comentarios en “Garabatear es un juego

Replica a olgaperegrina Cancelar la respuesta